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domingo, 5 de junio de 2022

Cada paliativista, un activista

 "El optimismo es la base del coraje"
Nicholas Murray Butler

"Hay algo bueno en este mundo, y vale la pena luchar por ello"
J. R. R. Tolkien

"La recompensa del trabajo bien hecho es la oportunidad 
de hacer más trabajo bien hecho"
Jonas E. Salk


No hace mucho, participé en un animado diálogo en Twitter en el que Neil Pender (@DrNeilPender) comentaba lo que le apenaba el hecho de que, después de tantos años, a menudo se siguieran asociando los cuidados paliativos con recibir “menos cuidados” y se preguntaba cómo podría modificarse esa percepción.

En efecto, la falsa dicotomía entre tratamiento curativo y paliativo, heredada del enfoque exclusivo en personas con cáncer en los albores de la disciplina, parece haber quedado grabada a fuego en la opinión pública, contribuyendo al mantenimiento de una percepción de los cuidados paliativos como vinculados a la muerte, a la desesperanza y a la dependencia, y a que se identifiquen casi estrictamente con cuidados de final de vida, en particular entre quienes no han tenido experiencia personal directa con dichos servicios o bien vieron sufrir a algún ser querido por una atención incorrecta en sus últimos momentos.

Y, más aún, no es raro encontrar quien, de alguna manera, sigue asociando esos cuidados con "rendirse" ante la enfermedad, siendo así que muchos pacientes, y no pocos profesionales, evocan sentimientos de culpa y vergüenza ante la percepción de "abandonar" o “ser abandonados”, así como temor a una pérdida de cuidados.

Este inadecuado conocimiento y repertorio de ideas erróneas constituye uno de los principales obstáculos para el adecuado desarrollo de una atención paliativa universal y equitativa, dificultando las derivaciones en tiempo y forma, limitando el proceso de toma de decisiones compartidas basado en una comunicación sólida y socavando la perspectiva de unos cuidados realmente centrados en la persona. Provocando, en suma, que mucho sufrimiento evitable quede sin aliviar.

Imagen: Shutterstock

Sobre “rebranding”, neolenguaje, “wokeísmo” y otras hierbas

Como ya se ha comentado en esta bitácora, la estigmatización del término "cuidados paliativos" entre pacientes, profesionales y la sociedad en su conjunto continúa contrarrestando en buena parte los mensajes positivos acerca de sus innegables beneficios. Ante esto, se va abriendo camino la opción de acometer un cambio de denominación como, por ejemplo, al menos incómodo "cuidados de soporte", algo que parece mejorar la derivación temprana en pacientes oncológicos, como defiende nada menos que Eduardo Bruera (@edubru) y su equipo.

Basta con hacer una búsqueda básica en internet para comprobar que esta actitud está teniendo cada vez mayor predicamento en el ámbito anglosajón, en especial estadounidense, por más que no esté del todo claro si es netamente beneficioso o, por el contrario, confuso para los pacientes, en especial fuera del ámbito oncológico, cada vez más mayoritario.

Ahora bien, no debemos olvidar que vivimos tiempos de una inusitada “corrección política”, a menudo exagerada, progresivamente embebida de ese verdadero colonialismo cultural en que se está convirtiendo el redescubierto “wokeísmo”, un debate más propio del contexto cultural estadounidense, por cierto, pero que parece hemos ido adoptando, junto con su deleznable “cultura de la cancelación”, sin pensarlo demasiado.

Imagen: ComBankimage

No cabe duda de que el uso del lenguaje es importante y, en el contexto paliativo, un lenguaje consistentemente positivo es mejor para todos, tanto en el día a día del trabajo en equipo, como a la hora de acometer la planificación anticipada de objetivos y en el momento de ofrecer nuestra atención. Esta comunicación positiva exige averiguar qué valores y prioridades tienen los pacientes y sus familias antes de empezar a discutir los beneficios, realidades y limitaciones de todas las opciones asistenciales disponibles, y todo ello de modo que permita mantener la esperanza, que es la verdadera herramienta terapéutica.

Dicho esto, los cambios lingüísticos léxico-semánticos pueden tener una cierta relevancia a la hora de denotar una nueva realidad. Pero, por más que el modelo “cultural” de evolución del lenguaje, en contraposición al “biológico”, defienda la atractiva teoría de que son los cambios lingüísticos la fuerza creadora del lenguaje, la mayor parte de los filólogos consideran que ambos procesos son independientes.

En consecuencia, el uso creativo del lenguaje, por más que resulte mucho más asequible que la modificación de ideas, no necesariamente implica un cambio lingüistico y, en consecuencia, no parece tampoco una herramienta eficiente para modificar la realidad. No estamos ante un simple producto de consumo que pueda mejorar sus ventas con un cambio de marca.

Dicho esto, Ambereen Mehta (@AMehtaMD) y Thomas Smith, paliativistas de Johns Hopkins, introducen otra importante variable al respecto. Defienden que la falta de éxito a la hora de convencer a los gestores de alto rango de la indudable valía de nuestros cuidados, y la subsiguiente limitación en la asignación de recursos, sería responsable de una cierta postergación de la medicina paliativa con respecto a otras especialidades médicas. Esto, a su vez, se reflejaría en una falta de confianza, de empoderamiento, de los paliativistas y de nuestros programas, que nos llevaría a adoptar, de forma más o menos inadvertida, una “actitud de disculpa”, que tendría su punto de partida en el propio lenguaje que empleamos en nuestro día a día.

Entre otros, citan como ejemplo paradigmático el presentarse en una reunión interdisciplinaria con otros especialistas con la frase “sólo estoy aquí como una capa extra de apoyo”, remarcando cómo esa expresión minimizaría nuestro papel e implicaría una necesidad de justificar nuestra presencia cuando lo cierto es que, gracias a nuestras habilidades comunicativas y pronósticas, lo más probable es que el curso del tratamiento del paciente en cuestión se modificara para adaptarse mejor a sus necesidades y valores, mejorando así notablemente su calidad de vida.

Con respecto al cambio de denominación a “cuidados de soporte”, opinan que, si bien podría servir para limitar el estigma de los cuidados paliativos a corto plazo, transmitiría la idea de una necesidad de disculpa por el nombre y, en consecuencia, por los propósitos que representa.

Imagen: THINKSTOCK

Para Mehta y Smith, este lenguaje “disculpatorio” podría llegar a calar más de lo debido en la opinión de la gente, influyendo en cómo ve el resto de la sociedad a los cuidados paliativos, pero también en el modo en que nos vemos nosotros mismos en tanto paliativistas.

Así, podría contribuir a la idea de que la atención paliativa es un lujo cuando, de hecho, es lo contrario, desviando además la atención del mensaje de que la integración de los cuidados paliativos de calidad en los servicios de salud no sólo es algo deseable sino esencial para el cuidado integral de las personas. Y, añadiría, un derecho humano básico, internacionalmente reconocido.

Otro grande, como es Ira Byock (@IraByock), carga también contra los eufemismos que, en su opinión y por muy bienintencionado que sea su uso, transmitirían que estaríamos actuando más desde el miedo que desde un sentido de confianza, compasión y amor. En tono irónico, defiende que no conoce ningún centro oncológico que haya cambiado su denominación por más que, si hay un ejemplo de palabra que asusta, esa sea “cáncer”.

Más activismo reivindicativo y menos disculpas

Sin duda, como bien acostumbra a señalar Darren Cargill (@reasonablewlvrn), los cuidados paliativos necesitan de una mejor política de relaciones públicas. Pero, más allá de intentar contribuir activamente en las actuaciones que pongan en marcha en ese sentido nuestras organizaciones profesionales, creo sinceramente que quienes nos dedicamos a esta labor tenemos la responsabilidad de actuar como comprometidos "embajadores de marca", tanto a través de la calidad en nuestra actividad profesional diaria como aprovechando el maravilloso altavoz que nos facilitan las redes sociales para compartir conocimiento y reivindicar la importancia social de nuestro quehacer, como medio de intentar cambiar las cosas desde abajo.

En este sentido, Ira Byock nos recuerda que ya tenemos una marca propia por defecto, nuestra identidad, que no es otra que la de dar lo mejor de nosotros mismos para proporcionar el mejor cuidado posible hasta el final a cada persona y en cada situación concreta. Y, desde una visión antropológica de la completitud de la vida humana, nos llama a movilizarnos para reivindicar nuestra “propiedad” sobre la misma, de forma que podamos liberarnos de las asunciones de los demás y de sus expectativas proyectadas sobre lo que somos.

Imagen: Shutterstock

Así, si queremos atacar de raíz las grandes discrepancias tradicionalmente existentes con respecto a lo que la gente, incluyendo muchos colegas, perciben sobre nuestra labor y su significado, y modificar sus actitudes hasta conseguir una postura universalmente positiva hacia ella, debemos ser capaces de transmitir correctamente nuestra esencia y valor, nuestra implicación con la vida, que no considera la muerte sino como parte de ella, nuestro compromiso con el bienestar y la dignidad en la vulnerabilidad hasta el final.

Ante el escaso compromiso al respecto por parte de las diferentes y sucesivas administraciones, estoy convencido de que sólo una suficiente presión social puede conseguir que se pongan en marcha por fin las inertes estrategias territoriales. Ello supone trabajar para aumentar la capacidad de la gente para interesarse por ellos, desde la mejora de la sensibilización, el conocimiento y la participación con respecto al significado y los beneficios de los cuidados paliativos. Y para lograrlo, nuestro mensaje debe surgir de la aceptación, la compasión y la vida, no desde el miedo, la ocultación ni la evitación.

Teniendo esto en mente, cada uno de nosotros, como paliativistas, deberíamos pasar a ser verdaderos activistas, firmemente comprometidos con la reivindicación y transmisión de nuestra íntima razón de ser, con sembrar y diseminar el por qué, sin descuidar ningún esfuerzo por concretar el cómo.

Y, por supuesto, ¡nada de disculpas gratuitas!. Defendamos con orgullo nuestro buen hacer en todo momento, actuando en concordancia con lo que somos, como punto de partida para que se nos vea como queremos ser vistos.

Imagen:Shutterstock

martes, 31 de agosto de 2021

Muerte, pérdida y duelo en los tiempos de la COVID-19: ¿Otra amenaza silenciosa?

"El hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos".
Publio Siro

"La muerte es una amarga pirueta de la que no guardan recuerdo los muertos, sino los vivos".
Camilo José Cela


La pérdida de un ser querido es una de las experiencias más traumáticas a las que podemos enfrentarnos a lo largo de nuestra vida. Y, aunque la mayor parte de las personas son capaces de seguir un proceso adaptativo de duelo, aproximadamente en un 10% de los casos de fallecimiento por causas naturales y hasta en un 49% de las muertes violentas existe un alto riesgo de desarrollar un duelo complicado.

Los complejos y rápidos cambios obligados por la pandemia por COVID-19, especialmente en las fases más duras de la misma, han impactado de forma importante sobre el proceso de duelo, tanto alterando profundamente las experiencias habituales, ya de por sí complejas, como imponiendo nuevos aspectos en relación con las medidas de control de la enfermedad, fundamentalmente de distanciamiento social y aislamiento.

Estas medidas de seguridad han venido complicado enormemente la participación de la familia en los cuidados de final de vida y han supuesto una grave disrupción en el necesario abordaje del proceso de duelo, al impedir en la mayoría de los casos el acompañamiento y la presencia en el momento del fallecimiento de su ser querido. La idea de morir en soledad es contraria al concepto de una "buena muerte" en muchas culturas y la imposibilidad de despedirse en un factor conocido de riesgo de una mala calidad del duelo

Por otra parte, el auge exponencial en el uso de las redes sociales durante los últimos años ha facilitado que se conviertan en espacio y cauce para la expresión de emociones, en unas condiciones de espontaneidad e inmediatez que hacen de ellas un verdadero entorno de experiencias y subjetivación, más allá de un mero instrumento o medio de comunicación. 

Existe, de hecho, un "régimen emocional tecnológico", que coexiste con la vida social tradicional, y es, sobre todo, un régimen de intensidades emocionales, en el que que importa más la cantidad de emoción, mientras que el régimen tradicional es principalmente un régimen de cualidades emocionales.

No debe extrañarnos, por tanto, que las redes sociales hayan transformado también el modo en que la gente vive y expresa el duelo, minimizando la separación entre las prácticas públicas y privadas.

Fuente: @htrueta

Teniendo esto en cuenta, y con la intención de profundizar en el posible impacto de la pandemia sobre la experiencia del duelo, Lucy Selman y su equipo han realizado un curioso estudio en el que han recopilado y analizado las expresiones emocionales de personas afectadas por el fallecimiento por COVID-19 de un allegado, a través de los mensajes particulares publicados en Twitter durante el pico de la primera ola de la pandemia, en abril de 2020.

Los datos obtenidos se codificaron en 5 temas principales:

  • Restricciones: En uno de cada cuatro mensajes se hace mención a las restricciones de visitas, tanto en el hospital (especialmente en las UCI) como en el ámbito comunitario (especialmente en las residencias), así como a las debidas a la vulnerabilidad o estado de salud del doliente y las condicionadas por la limitación de desplazamientos en y entre poblaciones.
  • Final de vida: La expresión "morir sólo" aparece en la mitad de los mensajes y se remarca como un aspecto particularmente impactante, asociándose a una "muerte cruel", por más que se agradezcan los esfuerzos de los profesionales sanitarios por acompañar en lo posible al paciente en su final. En uno de cada tres, se asocia el verse privados de la posibilidad de despedirse con expresiones de profundo dolor. Asimismo, en el caso de haber podido emplear medios técnicos como las videollamadas, por más que se aprecie la oportunidad, son muchas las personas que no lo consideran un medio suficiente.
  • Impacto emocional: Las expresiones más comunes fueron tristeza (48.5% de los mensajes), ira o frustración (32%), desesperanza o desesperación (30%) y sentimiento de injusticia (28%). Las expresiones de ira se orientaron tanto hacia el propio virus como contra la inacción o ineficiencia de las medidas gubernamentales, así como hacia las instituciones sanitarias y lo profesionales por transmitir o por no diagnosticar la enfermedad, y también contra la gente en general, por no cumplir con las normas de confinamiento o control de la enfermedad. Fueron muchos para quienes la muerte de sus seres queridos tuvo un carácter súbito e inesperado, traumático e impactante. Y, en no pocos casos, se expresaron también remordimientos.
  • Disrupción del proceso de duelo: En uno de cada ocho mensajes, los dolientes refieren como fuente añadida de sufrimiento la falta de apoyo social tras el fallecimiento, por el carácter forzosamente atípico de funerales y otros rituales. Muchas personas expresaron frustración y tristeza por no haber podido brindar a su ser querido el funeral que deseaban y con la dignidad y respeto que merecían. Y, de nuevo, las adaptaciones tecnológicas vuelven a ser consideradas como un pobre sustitutivo de la asistencia en persona. Asimismo, la imposibilidad de ver el cuerpo o incluso de asistir a las honras fúnebres en los casos de autoaislamiento del doliente por ser también clínicamente vulnerable, se describe con tristeza y desesperanza, incluso como una vivencia de "tortura".
  • Función explícita del tweet: La función más habitual de los mensajes, no obstante, fue expresar apoyo a las medidas de contención y de distanciamiento social, así como transmitir condolencias y rendir tributo a la persona fallecida.

En mi opinión, este estudio debería suponer una seria llamada de atención, tanto de los profesionales sanitarios como de los gestores y responsables administrativos, pues muestra cómo las muertes por COVID-19 entran realmente en conflicto con las concepciones culturales de lo que supone una "buena muerte" y acerca de las prácticas tras la misma, así como permite comprobar el intenso impacto que parece tener sobre los procesos de duelo de muchas personas, con el riesgo más que probable de que se multipliquen los casos de duelo complicado.

A esto debemos añadir el gigantesco desafío que la pandemia ha venido suponiendo para el proceso de apoyo formal al duelo, con suspensión de los servicios profesionales específicos durante un largo período de tiempo, además de las limitaciones al apoyo del voluntariado en hospitales, que aún persisten en numerosos casos, lo que ha propiciado una tremenda bolsa de personas sin oportunidad de acceder a dichos servicios, a pesar del empleo de métodos remotos, en línea o telefónicos, que, si bien permiten aumentar las oportunidades de apoyo y suelen ser bien recibidos en especial por niños y jóvenes, añaden una sobrecarga difícil de asumir sobre los profesionales, a menudo con acceso limitado al equipo necesario y una capacitación limitada en su uso.

A la vista del tremendo número de víctimas y si consideramos que, en promedio, por cada fallecimiento se estima que hay 9 personas directamente afectadas por la pérdida, no debe extrañarnos que sean ya numerosos los expertos que alertan de un posible "tsunami" de sufrimiento y duelo patológico en caso de no abordarse adecuadamente esta situación, que podría llevar a un importante incremento de la morbilidad física y mental con serias repercusiones sobre los servicios asistenciales, ya que muy probablemente vendría a sumarse a otras consecuencias de la pandemia como el impacto a medio-largo plazo sobre las personas con enfermedades crónicas, por ejemplo.

Una de las principales enseñanzas que nos está dejando la pandemia es que la atención al duelo ha de dejar de ser, de una vez por todas, un asunto de escasa prioridad en las políticas de salud y pasar a ser considerada una parte integral de la provisión de cuidados sociales y sanitarios. El tiempo dirá hasta qué punto seremos capaces de adaptar nuestra asistencia para hacer frente con garantías a la situación y evitar otra grave amenaza sobre nuestro sistema sanitario.